
Fawn señaló con un dedo tembloroso.
—He roto tu cuchillo mágico.
Dag miró la empuñadura forrada de verde con expresión desorientada en el rostro, como si lo viera por primera vez.
—No… Está bien… Se supone que tienen que hacer eso. Se rompen así cuando funcionan. Cuando enseñan a la malicia a morir.
—¿Qué?
—Las malicias son inmortales. No pueden morir. Si rompieras su cuerpo en cien pedazos, la… identidad de la malicia huiría a otro agujero y se reharía. Y todavía sabría todo lo que aprendió en esta encarnación, de modo que sería el doble de peligrosa. No pueden morir por sí mismas, de modo que tienes que compartir una muerte con ellas.
—No entiendo.
—Lo explicaré mejor —jadeó— más tarde… —se tendió de espaldas, con el cabello empapado en sudor y desordenado; ojos dilatados, de color de té de sasafrás en las sombras, mirando hacia arriba sin ver—. Dioses ausentes. Lo hemos conseguido. Está hecho. ¡Tú lo has hecho! Qué desastre. Mari me matará. Pero primero me besará, seguro. Nos besará a los dos.
Fawn se sentó sobre los talones, doblada por los espasmos.
—¿Por qué no funcionó el primer cuchillo? ¿Qué le pasaba?
—No estaba activado. Lo siento, no pensé. Tenía prisa. Un patrullero hubiera sabido cuál era cuál al tocarlos. Por supuesto, tú no podías. —Se volvió sobre el lado izquierdo y alargó la mano hacia el cuchillo de la empuñadura azul—. Ése es mío, para mí algún día.
Su mano lo tocó y se retiró bruscamente.
—¿Qué…? —abrió los labios, su mirada se intensificó, y alargó de nuevo la mano, con cuidado. La retiró más lentamente esta vez, mientras la excitación enloquecida desaparecía de su cara—. Esto es raro. Es muy raro.
—¿El qué? —saltó Fawn, irritada por el dolor y la confusión. Tenía el cuerpo magullado, sentía el cuello como si se lo hubieran arrancado a medias, y su vientre se anudaba en oleadas de dolor—. No me dices nada que tenga sentido, y luego voy y hago tonterías, y no es culpa mía.
