
Ender el Xenocida
de Orson Scott Card
LA PARTIDA
‹Hoy uno de los hermanos me preguntó: ¿Es una prisión tan temible no poder moverte del lugar donde estás?›
‹Y respondiste…›
‹Le dije que soy más libre que él. La incapacidad de moverme
me libera de la obligación de actuar.›
‹Los que habláis lenguas sois unos mentirosos.›
Han Fei-tzu estaba sentado en la posición del loto sobre el desnudo suelo de madera junto al lecho del dolor de su esposa. Un momento antes, tal vez estuviera dormida; no estaba seguro. Pero ahora era consciente del ligero cambio en la respiración de ella, un cambio tan sutil como el viento tras el paso de una mariposa.
Jiang-ging, por su parte, también debió de detectar algún cambio en él, pues no había hablado antes y lo hizo ahora. Su voz sonó muy baja, pero Han Fei-tzu la oyó claramente, pues la casa estaba en silencio. Había pedido quietud a sus amigos y sirvientes durante el ocaso de la vida de Jiang-ging. Ya habría tiempo de sobra para ruidos descuidados durante la larga noche por venir, cuando no salieran palabras susurradas de los labios de ella.
—Todavía no he muerto —dijo Jiang-ging.
Lo había saludado con estas palabras cada vez que despertaba durante los últimos días. Al principio las palabras le parecieron quejumbrosas o irónicas a Han Fei-tzu, pero ahora sabía que ella hablaba con decepción. Ahora ansiaba la muerte, no porque no amara la vida, sino porque la muerte era inevitable, y lo que nadie puede impedir debe aceptarse. Ése era el Sendero. Jiang-ging nunca se había apartado del Sendero ni un solo paso en toda su vida.
—Entonces los dioses son amables conmigo —dijo Han Fei-tzu.
—Contigo —susurró ella—. ¿En qué estamos pensando?
Era su forma de pedirle que compartiera con ella sus pensamientos privados. Cuando otras personas lo hacían, él se sentía espiado. Pero Jiang-ging lo pedía sólo para poder pensar también lo mismo: formaba parte del hecho de haberse convertido en una sola alma.
