—Estamos pensando en la naturaleza del deseo —respondió Han Fei-tzu.

—¿El deseo de quién? —preguntó ella—. ¿Y hacia qué?

«Mi deseo de que tus huesos sanen y recuperen sus fuerzas, para que no se rompan a la más mínima presión. Para que puedas ponerte de nuevo en pie, o levantar siquiera un brazo sin que tus propios músculos arranquen trozos de hueso o hagan que el hueso se rompa bajo la tensión. Para no tener que ver cómo te marchitas hasta pesar sólo dieciocho kilos. Nunca supe lo perfecta que era nuestra felicidad hasta que me enteré de que ya no podríamos estar juntos.»

—Mi deseo —respondió él—. Hacia ti.

—«Sólo se desea lo que no se tiene.» ¿Quién dijo eso?

—Tú —dijo Han Fei-tzu—. Algunos dicen «lo que no puedes tener».

Otros dicen «lo que no deberías tener». Yo digo: «Sólo puedes desear verdaderamente lo que desearás siempre».

—Me tienes para siempre.

—Te perderé esta noche. O mañana. O la semana que viene.

—Pensemos en la naturaleza del deseo —instó Jiang-ging.

Como antes, usaba la filosofía para sacarlo de su amarga melancolía.

Él se resistió, pero sólo a medias.

—Eres una gobernante dura —se quejó Han Fei-tzu—. Como tu antepasada-del-corazón, no haces ninguna concesión a la fragilidad de los demás.

Jiang-ging llevaba el nombre de una líder revolucionaria del pasado remoto que intentó guiar al pueblo a un nuevo Sendero, pero fue derrocada por cobardes de corazón débil. Han Fei-tzu pensaba que no estaba bien que su esposa muriera antes que él: su antepasada-del-corazón había sobrevivido a su esposo. Además, las esposas deberían vivir más que los maridos. Las mujeres eran más completas interiormente. También eran mejores para vivir con sus hijos. Nunca estaban tan solitarias como un hombre solo. Jiang-ging no quiso dejarle que volviera a sus meditaciones.



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