
Valentine Wiggin repasó su ensayo, haciendo unas cuantas correcciones acá y allá. Cuando terminó, las palabras gravitaron en el aire sobre el terminal de su ordenador. Se sentía satisfecha por haber escrito un análisis irónico tan certero del carácter personal de Rymus Ojman, el presidente del gabinete del Congreso Estelar.
—¿Hemos terminado otro ataque a los amos de los Cien Mundos?
Valentine no se volvió para mirar a su marido: sabía por su voz la expresión exacta que tendría en la cara, y por eso le sonrió sin volverse. Después de veinticinco años de matrimonio, podían verse claramente sin tener que mirarse.
—Hemos hecho que Rymus Ojman parezca ridículo.
Jakt se asomó a su diminuto cubículo, la cara tan cerca de la de ella que Valentine percibió su suave respiración mientras el hombre leía los primeros párrafos. Ya no era joven: el esfuerzo de asomarse a su despacho, apoyando las manos en el marco de la puerta, le hacía respirar más rápidamente de lo que le gustaba oír.
Entonces habló, pero con la cara tan cerca de la suya que sintió sus labios rozarle la mejilla, y cada palabra le hizo cosquillas.
A partir de ahora incluso su madre se reirá a escondidas cada vez que vea al pobre infeliz.
—Fue difícil hacerlo gracioso —dijo Valentine—. No podía evitar denunciarlo una y otra vez.
—Esto es mejor.
—Oh, lo sé. Si hubiera dejado que se notara mi furia, si le hubiera acusado de todos sus crímenes, le habría hecho parecer más formidable y aterrador, y la Facción Legisladora lo habría amado aún más, y los cobardes de todos los mundos se habrían inclinado todavía más ante él.
