
—Para poder inclinarse más tendrán que comprar alfombras más finas —comentó Jakt.
Ella se echó a reír, pero debido a que el cosquilleo de sus labios sobre la mejilla se volvía insoportable. También empezaba, sólo un poco, a atormentarse con deseos que simplemente no podían ser satisfechos en este viaje. La nave espacial era demasiado reducida y apretada, con toda su familia a bordo, para disfrutar de intimidad real alguna.
—Jakt, ya casi estamos en la mitad del viaje. Nos hemos abstenido más tiempo durante la carrera mishmish de todos los años.
—Podríamos colgar un cartel en la puerta y que no entre nadie.
—Y también colocar otro que dijera: «Pareja mayor desnuda reviviendo viejos recuerdos».
—No soy mayor.
—Tienes más de sesenta años.
—Si el viejo soldado puede mantenerse firme y saludar, lo mejor es dejarle participar en el desfile.
—Nada de desfiles hasta que el viaje termine. Sólo son un par de semanas más. Sólo tenemos que completar el encuentro con el hijo adoptivo de Ender y luego estaremos rumbo a Lusitania.
Jakt se apartó de ella, la sacó del despacho y permaneció erguido en el pasillo, uno de los pocos lugares de la nave donde podía hacerlo. No obstante, gruñó al adoptar esa postura.
—Crujes como una vieja puerta oxidada —observó Valentine.
—Te he oído hacer los mismos sonidos al levantarte. No soy el único viejo chocho, senil, decrépito y lamentable de la familia.
—Lárgate y déjame transmitir esto.
—Estoy acostumbrado a tener trabajo que hacer en los viajes —protestó Jakt—. Aquí los ordenadores lo hacen todo, y esta nave nunca cabecea o se zambulle en el mar.
—Lee un libro.
—Estoy preocupado por ti. Mucho trabajo y nada de diversión te convertirán en una vieja bruja.
