
Tal vez regresaría algún día y si lo hacía, los océanos, el hielo, las tormentas, los peces, los dulces prados desesperadamente verdes del verano estarían todavía allí. Pero sus tripulaciones habrían desaparecido, habían desaparecido ya. Los hombres a quienes conocía mejor que a sus propios hijos, mejor que a su esposa, tenían ya quince años más, y cuando regresara, si lo hacía, habrían transcurrido otros cuarenta años. Sus nietos estarían tripulando los barcos para entonces. No sabrían el nombre de Jakt. Sería un armador extranjero, venido del cielo, no un marino, no un hombre con el hedor y la sangre amarillenta de los strika en las manos. No sería uno de ellos.
Por eso, cuando se quejaba de que ella lo estaba ignorando, cuando bromeaba sobre su falta de intimidad durante el viaje, había algo más que el deseo juguetón de un esposo maduro. Supiera él o no lo que decía, ella comprendía el verdadero significado de sus palabras: «Después de todo lo que he dejado por ti, ¿no tienes nada que darme?».
Y tenía razón: ella se estaba esforzando más de lo necesario. Hacía más sacrificios de los precisos, y pedía demasiado también de él. Lo importante no era el número absoluto de ensayos subversivos que Demóstenes publicara durante este viaje, sino cuánta gente leería y creería lo que ella escribía, y cuántos de ellos pensarían, hablarían y actuarían como enemigos del Congreso Estelar. Tal vez más importante era la esperanza de que alguien dentro de la burocracia del propio Congreso llegara a sentir un lazo más fuerte con la humanidad y rompiera su enloquecedora solidaridad institucional. Seguramente, algunos cambiarían tras leer lo que ella escribía. No muchos, pero tal vez los suficientes. Y tal vez sucedería a tiempo de impedirles que destruyeran el planeta Lusitania.
De lo contrario, Jakt, ella y los que habían renunciado a tanto para acompañarlos en este viaje desde Trondheim llegarían a Lusitania justo a tiempo de dar media vuelta y huir… o ser destruidos junto con todos los demás habitantes de ese planeta. No era de extrañar que Jakt estuviera nervioso y quisiera pasar más tiempo con ella. Lo absurdo era que ella se mostrara tan encerrada en sí misma y se pasara todo el tiempo escribiendo propaganda.
