
—Ve haciendo el cartel para la puerta, y yo me aseguraré de que no estés solo en la habitación.
—Mujer, haces que mi corazón aletee como un lenguado moribundo —dijo Jakt.
—Eres muy romántico cuando hablas como un pescador —dijo Valentine—. Los chicos se reirán con ganas cuando se enteren de que no pudiste mantenerte casto ni siquiera durante las tres semanas de este viaje.
—Tienen nuestros genes. Deberían desear que estemos bien fuertes hasta que hayamos entrado en nuestro segundo siglo.
—Yo tengo más de cuatro milenios.
—¿Cuándo, oh, cuándo puedo esperarte en mi camarote, bella anciana?
—Cuando haya transmitido este ensayo.
—¿Y cuánto tardarás?
—Un ratito después de que te marches y me dejes en paz.
Con un profundo suspiro que era más teatro que tristeza verdadera, él se marchó dando zancadas sobre el corredor alfombrado. Un momento después se produjo un sonido metálico y ella le oyó gritar de dolor. Era broma, naturalmente: se había dado un golpe accidental en la cabeza con la viga metálica el primer día de viaje, pero desde entonces sus colisiones habían sido deliberadas, buscando un efecto cómico. Nadie se reía en voz alta, desde luego (era una tradición familiar no reírse cuando Jakt ejecutaba una de sus bromas físicas), pero él tampoco era el tipo de hombre que necesita apoyo por parte de los demás. Él mismo era su mejor público: un hombre no podía ser marino y líder de otros hombres toda la vida sin bastarse a sí mismo. Por lo que Valentine sabía, sus hijos y ella eran las únicas personas que se había permitido necesitar.
