
Incluso así, no los necesitaba tanto como para no poder continuar con su vida de marino y pescador y estar fuera de casa durante días, a menudo semanas, con frecuencia meses seguidos. Al principio Valentine lo acompañaba algunas veces, cuando se deseaban tanto mutuamente que nunca estaban satisfechos. Pero con los años su ansia había dado paso a la paciencia y la confianza; cuando él estaba fuera, ella investigaba y se entregaba a sus libros, y cuando volvía dedicaba toda su atención a Jakt y los niños.
Éstos solían quejarse: «Ojalá papá estuviera en casa, para que así mamá saliera de su habitación y volviera a hablarnos». «No he sido demasiado buena madre —pensó Valentine—. Los niños han salido tan buenos por pura suerte.»
El ensayo seguía gravitando en el aire sobre el terminal. Sólo quedaba por dar un último toque. Centró el cursor al pie y tecleó el nombre bajo el que se publicaban sus escritos: DEMÓSTENES.
Era un nombre que le había dado su hermano mayor, Peter, cuando los dos eran niños hacía cincuenta…, no, hacía ya tres mil años.
El mero hecho de pensar en Peter ya la trastornaba, le hacía sentir frío y calor por dentro. Peter, el cruel, el violento, cuya mente era tan sutil y peligrosa que cuando tenía dos años la manipulaba a ella y cuando tenía veinte al mundo entero. Cuando todavía eran niños en la Tierra, en el siglo XXII, él estudió los escritos políticos de grandes hombres y mujeres, vivos y muertos, no para captar sus ideas (que comprendía al instante), sino para aprender cómo las decían. Para saber, en términos prácticos, hablar como un adulto. Cuando dominó el tema, enseñó a Valentine y la obligó a escribir demagogia barata bajo el nombre de Demóstenes mientras él redactaba elevados ensayos dignos de un hombre de estado que firmaba con el nombre de Locke. Luego los enviaron a las redes informáticas y en cuestión de unos cuantos años estuvieron en el centro de los más importantes temas políticos del momento.
