Era duro compartir un camarote con recién casados: Valentine siempre se sentía como una intrusa al usar la misma habitación. Pero no había otra elección. Aunque esta nave era un yate de recreo, con todas las comodidades que podían esperar, no había sido diseñada para tanta gente. Era la única nave en Trondheim que resultaba remotamente adecuada, así que tuvieron que contentarse.

Su hija de veinte años, Ro, y Varsam, su hijo de dieciséis, compartían otro camarote con Plikt, su tutora de toda la vida y una apreciada amiga de la familia. Los miembros de la tripulación del yate que habían decidido hacer el viaje con ellos (habría sido un error despedirlos a todos y dejarlos en Trondheim) usaban los otros dos. El puente, el comedor, la bodega, el salón, los camarotes…, todo estaba atestado de gente que se esforzaba al máximo para no dejar que la incomodidad por la falta de espacio se les escapara de las manos.

Sin embargo, ninguno de ellos estaba ahora en el pasillo, y Jakt había pegado ya un cartel en la puerta:

QUÉDATE FUERA O MUERE

Estaba firmado: «El propietario». Valentine abrió la puerta. Jakt estaba apoyado contra la pared tan cerca de la puerta que ella se asustó y soltó un gritito.

—Cuánto me alegra saber que mi sola visión puede hacerte gritar de placer.

—De espanto.

—Pasa, mi dulce sediciosa.

—¿Sabes? Técnicamente soy la propietaria de esta nave.

—Lo que es tuyo es mío. Me casé contigo por tus propiedades.

Ella entró en el compartimento. Jakt cerró la puerta y la selló.

—¿Eso es todo lo que soy para ti? —preguntó ella—. ¿Bienes raíces?

—Un trocito de terreno en el que puedo arar y plantar y cosechar, todo en su estación adecuada —extendió la mano hacia Valentine, y ella se echó en sus brazos. Suavemente, deslizó las manos por su espalda, le acarició los hombros. Ella se sentía contenida en su abrazo, nunca confinada.



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