
«Si las palabras pueden ser armas letales, debo proporcionarles un arsenal.»
Pero seguía siendo una mujer: incluso los revolucionarios tienen derecho a tener una vida, ¿no? Momentos de alegría, o placer, o quizá tan sólo de alivio, robados aquí y allá. Se levantó de su asiento, ignorando el dolor que le producía moverse después de estar sentada tanto tiempo, y salió retorciéndose de la diminuta oficina: una cabina de almacenamiento, en realidad, antes de que convirtieran la nave espacial para su propio uso. Se sintió un poco avergonzada por lo ansiosa que estaba de llegar a la habitación donde la esperaba Jakt. La mayoría de los grandes propagandistas revolucionarios de la historia habrían podido soportar al menos tres semanas de abstinencia física. ¿0 no? Se preguntó si alguien habría hecho un estudio de ese tema en concreto.
Todavía estaba imaginando cómo un investigador podría escribir una propuesta para una beca sobre un proyecto de esa envergadura cuando llegó al compartimento con los cuatro camastros que compartía con Syfte y su marido, Lars, que se le había declarado sólo unos días antes de que se marcharan, en cuanto advirtió que Syfte iba a abandonar realmente Trondheim.
