Sin embargo de algún modo, el deletreo fue lo mejor. Al menos Miro guardaba silencio, no escuchaba su propia voz. El sonido torpe y pastoso, su agonizante lentitud. ¿Quién tuvo en su familia paciencia para escucharlo? Incluso en los que lo intentaron —su hermano menor, Ela; su amigo y padre adoptivo, Andrew Wiggin, el Portavoz de los Muertos; y Quim, por supuesto…—, podía sentir su impaciencia. Tendían a terminar las frases por él. Necesitaban apresurar las cosas. Por eso, aunque afirmaban que querían hablar con él, aunque se sentaban y escuchaban mientras él hablaba, no podía dirigirse a ellos libremente. No podía comunicar ideas: no podía hablar con frases largas y relacionadas, porque cuando llegaba al final sus oyentes habían perdido el hilo del principio.

El cerebro humano, concluyó Miro, era como un ordenador, únicamente puede recibir datos a ciertas velocidades. Si eres demasiado lento, la atención del oyente divaga y la información se pierde.

Y no sólo la de los oyentes. Miro tenía que ser justo: se impacientaba tanto consigo mismo como con ellos. Cuando pensaba en el crudo esfuerzo que implicaba explicar una idea complicada, cuando intentaba formar por anticipado las palabras con unos labios y lengua y mandíbulas que no le obedecían, cuando pensaba en cuánto tiempo requeriría, normalmente se sentía demasiado cansado para hablar. Su mente seguía y seguía corriendo, con la velocidad de siempre, produciendo tantos pensamientos que a veces Miro quería que su cerebro se cerrara, que guardara silencio y lo dejara en paz. Pero sus pensamientos continuaban siendo propios, sin que nadie los compartiera.

Excepto con Jane. Podía hablar con Jane. Ella le había abordado por primera vez en el terminal que tenía en casa, cuando su rostro tomó forma en la pantalla.



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