—Obedezco a los dioses.

Han Fei-tzu pensó amargamente que no tenía más remedio: incluso retrasar la obediencia representaba una tortura.

—Pero no los conoces. No amas sus obras.

—El Sendero es amar a las personas. A los dioses sólo los obedecemos.

«¿Cómo puedo amar a unos dioses que me humillan y atormentan a cada oportunidad?»

Amamos a las personas porque son criaturas de los dioses.

—No me vengas con sermones.

Ella suspiró.

Su tristeza picó a Han Fei-tzu como una araña.

—Ojalá me sermonearas eternamente —suspiró.

—Te casaste conmigo porque sabías que amaba a los dioses, y que tú carecías de ese amor por ellos. De ese modo te completé.

¿Cómo podía discutir con ella cuando sabía que incluso ahora odiaba a los dioses por todo lo que le habían hecho, todo lo que le habían obligado a hacer, todo lo que le habían robado en su vida?

—Prométemelo —insistió Jiang-ging.

Él sabía lo que significaba esa palabra. Ella sentía la muerte rondándole: le depositaba la carga de su vida. Una carga que él llevaría con mucho gusto. Era perder su compañía en el Sendero lo que había temido siempre.

—Prométeme que enseñarás a Qing-jao a amar a los dioses y a seguir siempre el Sendero. Prométeme que harás que sea tanto mi hija como la tuya.

—¿Aunque nunca oiga la voz de los dioses?

—El Sendero es para todos, no sólo para los agraciados.

«Tal vez —pensó Han Fei-tzu—, pero a los agraciados por los dioses les resultaba mucho más fácil seguir el Sendero, porque para ellos el precio por desviarse era terrible. Las personas comunes eran libres: podían dejar el Sendero y no sentir el dolor durante años. Los agraciados no podían dejar el Sendero ni una sola hora.»

—Prométemelo.

«Lo haré. Lo prometo.»



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