—Porque también puedes enseñarle todo lo que yo soy —replicó Jiang-ging.

—Si tuviera dentro de mí alguna parte de ti, no habría necesitado casarme contigo para ser una persona completa —objetó Han Feitzu. Ahora la provocaba usando la filosofía para apartar la conversación del dolor—. Ése es el deseo del alma. Como el alma está hecha de luz y vive en el aire, es esa parte la que concibe y conserva las ideas, sobre todo la idea del yo. El marido echa de menos su yo completo, que estaba compuesto del marido y la mujer juntos. Así, nunca cree ninguno de sus propios pensamientos, porque siempre hay una cuestión en su mente a la que sólo los pensamientos de la esposa son la única respuesta posible. Así, el mundo entero le parece muerto porque no puede confiar que nada conserve su significado antes de la arremetida de esta cuestión irrespondible.

—Muy profundo —comentó Jiang-ging.

—Si fuera japonés, cometería seppuku y vertiría mis entrañas en la jarra de tus cenizas.

—Muy sucio y desagradable —dijo ella.

—Entonces debería ser un antiguo hindú y quemarme en la pira.

Pero ella ya estaba cansada de bromas.

—Qing-jao —susurró.

Le estaba recordando que no podía hacer algo tan extravagante como morir por ella. Había que cuidar de la pequeña Qing-jao. Por eso, Han Fei-tzu le respondió en serio.

—¿Cómo puedo enseñarle a ser lo que tú eres?

—Todo lo que hay de bueno en mí viene del Sendero —dijo Jiang-ging—. Si le enseñas a obedecer a los dioses, honrar a los antepasados, amar a las personas y servir a los gobernantes, estaré en ella tanto como tú.

—Le enseñaré el Sendero como parte de mí mismo —aseguró Han Fei-tzu.

—No —dijo Jiang-ging—. El Sendero no es una parte natural de ti, esposo mío. Aunque los dioses te hablan cada día, insistes en creer en un mundo donde todo puede ser explicado por causas naturales.



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