Bishop guardó silencio hasta que llegaron a lo alto de las escaleras y a la torre; entonces dijo:

– Siempre he creído que los animales son sensibles a cosas que la mayoría de la gente no percibe, cosas que sobrepasan sus sentidos, por muy finos que sean.

– Por desgracia, no pueden decirnos qué les inquieta. ¿O es que tus habilidades telepáticas sirven lo mismo para animales que para personas?

– Sólo para personas, me temo. Y únicamente para la mitad de la gente, no mucho más. Tú sabes que esos sentidos especiales son tan limitados como los cinco sentidos corrientes.

– No sé mucho sobre el tema, si quieres que te diga la verdad -respondió Quentin mientras se dirigía al flanco de la torre que daba al jardín-. No hay mucha literatura científica al respecto, al menos que yo sepa, y no me interesan las teorías descabelladas que se enmascaran como científicas.

– Entra en la Unidad de Crímenes Especiales y te garantizo que aprenderás todo lo que la ciencia y la experiencia pueden enseñarnos acerca de las facultades parapsicologías. Las tuyas y las de los demás.

– Yo no soy lo que se dice un jugador de equipo.

– Eso puedo aceptarlo -dijo Bishop, que se reunió con él y miró hacia los jardines-. Necesito un vidente, Quentin, y los videntes escasean.

– Yo no veo nada. Simplemente, algunas veces sé cosas -reconoció por fin Quentin-. Casi siempre son tonterías, cosas inservibles. Que el teléfono está a punto de sonar. Que va a llover. Que encontraré en algún sitio insospechado las llaves que perdí.

– Pero a veces -dijo Bishop-, sabes dónde puede encontrarse una prueba importante. O qué preguntas hay que hacer exactamente a ciertos sospechosos. O qué línea de investigación conducirá a un callejón sin salida.



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