– ¿Había hecho eso alguna vez? -preguntó Bishop al entrenador, que negó con la cabeza tajantemente.

– Nunca. Cosmo conoce su trabajo y es el mejor rastreador que he tenido. No lo entiendo. -Se inclinó hacia su perro y comenzó a susurrarle palabras tranquilizadoras al tembloroso animal.

McDaniel también sacudió la cabeza, perplejo, y ordenó a sus hombres, que andaban por allí, que siguieran buscando sin ayuda del perro. A Bishop le dijo:

– Si tiene usted algún talento especial que ofrecernos, éste sería el momento.

– Sí -agregó Quentin, mirando a Bishop con aire desafiante-. Este sería el momento.

– No conozco el terreno tan bien como vosotros -dijo Bishop-, pero haré lo que pueda. Quentin, tal vez puedas enseñarme el plano de los jardines.

– Yo voy a hablar con el padre otra vez -dijo McDaniel con un suspiro.

Quentin vio al policía regresar hacia el edificio principal y luego dijo en voz baja, dirigiéndose a Bishop:

– Está bien, así que no vas a montar ningún numerito de feria para esta gente. Lo entiendo. Pero las habilidades que yo pueda tener no me están sirviendo de gran cosa, y confío en que las tuyas sean de más ayuda para encontrar a esa niña.

– La telepatía no servirá de nada -dijo Bishop en voz baja-. Pero tengo otro pequeño don que tal vez sirva.

– ¿Cuál?

Sin contestar concretamente, Bishop repuso:

– Necesito un lugar elevado, algún sitio desde donde pueda ver los alrededores hasta donde sea posible.

– En el edificio principal hay una torre con mirador. ¿Te servirá?

– Enséñame el camino.

La «torre» era poco más que una cúpula que sobresalía del tejado a un lado del edificio Victoriano y que albergaba una habitación circular, de unos ocho metros, cuyos postigos se dejaban abiertos de par en par durante el verano. Dado que El Refugio estaba situado en un extenso valle, desde aquel punto privilegiado alcanzaba a verse el paisaje de kilómetros a la redonda.



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