
– Me encanta – contestó. Daniel empezó a hablar sobre una obra que había visto el mes anterior-. Yo también la vi. Un montaje estupendo, ¿verdad?
Hablaron durante un rato sobre el teatro y Amanda se dio cuenta de que sus gustos eran muy similares. Sería un ex gamberro, pero parecía un hombre educado.
– Fui al concierto de Pavarotti en el parque el año pasado – dijo él poco después-. Estuvo lloviendo toda la tarde, pero mereció la pena. ¿Le gusta la ópera?
– Sí. Yo también estuve en ese concierto. ¿Y el ballet?
Él arrugó la nariz.
– No. Lo siento. En la ópera hay pasión, en el ballet…
– Quizá no ha visto el ballet adecuado – dijo ella.
– Es posible. ¿Le gusta el fútbol?
– Prefiero el ballet.
– Quizá no ha visto el partido adecuado.
Touché.
– ¿A su mujer también le gusta?
No había querido preguntar eso. Le había salido sin darse cuenta.
– ¿Mi mujer? – repitió él.
– Sí. ¿Le gusta el fútbol? – preguntó Amanda, con el corazón absurdamente acelerado.
– Nunca he conocido una mujer a la que le guste el fútbol – contestó el hombre, evasivamente-. Bueno, ya estamos llegando.
– Estupendo – dijo Amanda. Perfecto, maravilloso. Seguía pensando adjetivos, cada vez más subidos de tono. Adjetivos que Beth no habría aprobado en absoluto.
Estuvieron en silencio durante los cinco minutos siguientes. Amanda, buscando algo que hacer con las manos, se colocó el pañuelo de seda que llevaba al cuello y apagó el ordenador. Cuando Daniel paró frente a uno de los hoteles más exclusivos de Londres, estaba preparada para salir del coche y desaparecer. Solo la determinación de probarse a sí misma que no estaba asustada la mantenía en el asiento, esperando que él le abriera la puerta.
Daniel se quitó las gafas de sol y salió del coche para ayudarla a salir. Amanda puso su mano en la del hombre y se irguió con el estilo de una modelo. Todo parte del entrenamiento de una «chica Garland», por supuesto.
