– Nadie se atreve a llamarla Mandy, ¿eh?

– En la oficina, no.

Daniel dejó de hablar durante un rato y se concentró en salir de Londres a la mayor velocidad posible. Amanda encendió el ordenador y se dispuso a trabajar, pero le resultaba difícil concentrarse.

Miró por la ventanilla el tedioso paisaje gris mientras pasaban por Chiswick. No había nada allí que la distrajera, de modo que volvió a admirar la espalda de Daniel Redford. No llevaba uniforme de ningún tipo. La empresa de alquiler de coches Capítol aparentemente vestía a sus conductores con caros trajes de chaqueta y corbatas de seda.

Un traje que, a Daniel Redford, le quedaba perfectamente. Su pelo castaño claro estaba muy bien cortado y tenía un bonito perfil. Mandíbula cuadrada, pómulos altos y nariz imperfecta, pero muy masculina. Sus manos eran grandes, de dedos largos y uñas cuidadas. Sujetaba el volante con ligereza, pero parecía un hombre capaz de controlar cualquier cosa que tocara…

– ¿Trabaja para la compañía desde hace mucho tiempo? – preguntó, para cambiar la extraña dirección que estaban tomando sus pensamientos.

– Veinte años.

– ¿De verdad? – preguntó. El hombre sonrió. Era un rompecorazones, de eso estaba segura-. Debe de gustarle mucho su trabajo.

– Sí. Además, se reciben buenas propinas. El otro día me dieron dos entradas para el nuevo musical que se acaba de estrenar en el teatro.

– Eso sí que es una buena propina. He oído que las entradas están a precio de oro – dijo Amanda. Enseguida pensó que parecía que lo estaba animando a invitarla. Y quizá lo estaba haciendo…

– ¿Y qué tal, le gustó?

– No tengo ni idea.

– ¿No le gusta el teatro?

Quizá era a su mujer a quien no le gustaba. No llevaba alianza, pero Amanda dudaba de que un hombre tan atractivo como él estuviera soltero.

– Las entradas son para la semana que viene – contestó él-. ¿A usted le gusta el teatro?



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