– Hola, Sadie – murmuró, mientras se servía un café-. No sabía que estuvieras de vacaciones – añadió, apartando los pies de su hija del escritorio para mirar su agenda-. No, no lo tengo apuntado. Karen me habría dicho que venías…

– No sabía que tenía que pedir cita para ver a mi padre – replicó Sadie, levantándose. Aquella niña parecía ser diez centímetros más alta cada vez que la veía. Seguramente porque la veía muy poco. Pero eso era elección de su hija. Además de una semana de vacaciones con él en la casa de campo, Sadie solía pasar los veranos con sus amigas del colegio.

– No tienes que pedir cita para verme. Últimamente, ha sido al revés.

– Bueno, pues eso va a cambiar. Me han expulsado temporalmente del internado – dijo, desafiante-. Y no pienso volver. No puedes obligarme.

Daniel lo sabía muy bien. Sadie tenía dieciséis años y, si se negaba a volver al internado, él no podría hacer nada.

– Tienes exámenes en noviembre – le recordó. El comentario de su hija al respecto le hubiera acarreado una bofetada de su propia madre. Pero Sadie no tenía madre, al menos no una a la que importara una hija adolescente, así que Daniel ignoró la palabrota, como ignoraba su apariencia. Estaba haciendo todo lo posible para escandalizarlo, para enfadarlo. Y lo estaba, pero no pensaba demostrárselo-. Nunca encontrarás trabajo si no terminas tus estudios.

– Tú nunca te has preocupado de estudiar…

– A nadie le importaba lo que yo hiciera, Sadie – la interrumpió él-. ¿La señora Warburton sabe que estás aquí?

– No. Me mandaron a la habitación a esperar que alguien pudiera traerme a Londres. Probablemente piensan que sigo allí. Me las imagino buscándome como locas por todas partes – dijo, irónica.

Daniel pulsó el intercomunidador.

– Karen, llama a la señora Warburton y dile que Sadie está conmigo.

– Muy bien.



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