– Ya te lo he dicho. No pienso volver al colegio.

– ¿Te importa decirme por qué? ¿O vas a esperar a que reciba la carta de la señora Warburton? Porque supongo que me escribirá.

– Sí – dijo ella, sacando un sobre arrugado de la cazadora que tiró sobre el escritorio. Se había puesto colorada, algo que a Daniel no le pasó desapercibido. No era tan dura como parecía y tuvo que hacer un esfuerzo para no abrazarla y decirle que no pasaba nada, que hiciera lo que hiciera él la seguiría queriendo siempre.

Cuando Sadie pudo reunir coraje para volver a mirarlo, su padre estaba contemplando el garaje como si no tuviera otra cosa en la cabeza más que su flota de coches.

– Prefiero que me lo cuentes tú – dijo con voz suave, aunque su corazón latía acelerado-. ¿Qué ha sido? ¿Alcohol, chicos? – preguntó, volviéndose hacia ella-. ¿Drogas?

– ¿Por quién me tomas? – exclamó ella, furiosa. Por una adolescente con una desesperada necesidad de llamar la atención para compensar el hecho de que su madre la hubiera abandonado a los ocho años, pensaba Daniel-. Me han expulsado durante una semana por teñirme el pelo.

El alivio casi lo hizo reír.

– ¿Solo por eso? La señora Warburton no es tan dura. Dime la verdad – dijo Daniel, seguro de que no se lo había contado todo.

Sadie se encogió de hombros.

– Ya, bueno, cuando esa bruja me llamó a su despacho para decirme que «era una vergüenza para el colegio»… – dijo la joven, imitando el aristocrático tono nasal de la señora Warburton- le sugerí que se diera un tinte porque se le veían las canas.

Daniel dejó la taza de café sobre la mesa y se dio la vuelta para que su hija no lo viera sonreír.



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