
«¿La señorita Garland?» ¿No sabía que era ella? Amanda sonrió, encantada.
– ¿Y de quién debo decirle que es el mensaje?
Daniel miró por el retrovisor para ver su cara. Solo por ver aquellos labios merecía la pena cualquier cosa. Eran rojos, brillantes y sensuales como el demonio.
– De Daniel Redford. A su servicio.
– Se lo diré, señor Redford. Mientras tanto, ya que está a mi servicio, ¿le importaría hacer todo lo posible para que llegue a tiempo al seminario?
– Lo intentaré – dijo él, pisando el acelerador-. He oído que esa señorita Garland es una vieja insoportable.
– ¿Ah, sí? – la joven de los labios preciosos parecía sorprendida-. ¿Y quién le ha dicho eso?
– Eso es lo que dicen. Insoportable y eficiente con mayúsculas. ¿Es usted nueva en la agencia?
– Pues… no – contestó la «vieja insoportable», preguntándose cuál sería su reacción si le dijera la verdad. Pero aquello era más divertido-. Llevo con ella mucho tiempo.
– Ah, entonces la conocerá bien. ¿Cómo es?
– Creí que usted lo sabía todo sobre ella.
– Solo cotilleos – se encogió él de hombros.
– ¿Y los cotilleos dicen que es una vieja insoportable? No, espere, una vieja eficiente.
– Y muy rica, me imagino, si contrata un coche con chófer para que se desplacen sus secretarias.
Se lo estaba inventando, pensaba Amanda. Solo para hablar de algo. El descubrimiento la hizo sonreír.
– La señorita Garland exige un nivel muy alto en todo.
– Ah, entonces supongo que no aprobaría que una de sus chicas charlase con un simple chófer, ¿no?
– ¿Es usted simple? – bromeó ella.
¿Que si era simple? No era la respuesta que Daniel esperaba, pero era la que se merecía. Esa clase de comentario haría que cualquier chica se sintiera incómoda. No era forma de tratar a una cliente, aunque fuera otra persona quien pagara la factura.
