Había pensado comprar un peluche, pero entonces había visto un par de diminutas botitas de niño. Blancas y tan suaves como el algodón. Y su corazón se había encogido.

Un niño.

– ¿Es el primero? – preguntó, con una voz que ni ella misma reconocía.

– El cuarto.

Cuatro hijos. Amanda se encontró a sí misma imaginando cuatro bultitos blancos con ojos azules y sonrisa de pirata. Le estaba ocurriendo desde hacía semanas. La palabra «niño» despertaba toda clase de fantasías.

– Cuatro hijos y sigue necesitando que su marido sostenga su mano. Es patético – dijo, irónica. Qué romántico, pensaba en realidad.

Daniel volvió la cabeza y vio que su encantadora pasajera estaba sonriendo.

– A mí me parece que es él quien necesita que sostengan su mano – dijo, sonriendo también. Una hora antes, Daniel renegaba de la mujer de su empleado por haberse puesto de parto aquel día, obligándolo a cancelar una reunión e ir a buscar a la cliente él mismo. Pero, de repente, veía las cosas de forma filosófica-. Los hombres somos unos gallinas.

– Si usted lo dice – sonrió ella. Aunque no creía que el pirata fuera un gallina. En absoluto. Ni siquiera la eficiente señorita Garland podía pensar eso. Y algo le decía que aquel hombre sujetaría su mano con fuerza, le secaría el sudor animándola a respirar… «¡Deja de pensar esas cosas inmediatamente!», se dijo a sí misma-. ¿Podremos llegar a Knightsbridge antes de las diez?

– Lo intentaré, pero no creo que pueda hacer milagros – contestó él. Amanda se dejó caer sobre el asiento. Debería haber salido hacia Knightsbridge inmediatamente, pero tenía que hablar con Beth. Sin su apoyo, todo sería mucho más complicado. La ciencia moderna podía ofrecer solución a sus necesidades, pero no ofrecía ningún extra, ningún detalle tierno-. Tranquilícese. Si la señorita Garland la regaña por llegar tarde, dígale que intente llegar ella a Knightsbridge a estas horas de la mañana.



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