Aunque no pensaba contarle aquello a su sonriente chófer. Por muy atractiva que fuera su sonrisa, por muy bonitos que fueran sus ojos.

– Estudié secretariado para ayudar a mi padre y, cuando él dejó de necesitarme, busqué trabajo en la agencia – contestó. Y era, en parte, verdad.

– Supongo que si hay que trabajar para alguien, lo bueno es trabajar para el mejor.

– ¿Incluso si la jefa es una vieja insoportable? – preguntó ella, mirando los ojos del hombre por el retrovisor.

– ¿No tiene otras ambiciones, además de ser secretaria?

– ¿Usted siempre ha querido ser chófer? – devolvió ella la pregunta.

Se lo merecía, pensaba Daniel. En realidad, los dos trabajaban para otros a tanto la hora. – En mi trabajo se conoce gente interesante.

– En el mío también.

Había algo en su voz, algo suave y cálido que le llegaba dentro. Volvió a mirar en el espejo, pero lo único que podía ver eran sus labios generosos, brillantes y muy besables.

¿Besables? Aquello se le estaba escapando de las manos. Daniel se puso unas gafas de sol y decidió que era más inteligente concentrarse en el coche que tenía delante.

– A veces incluso me dicen su nombre – dijo, sin embargo.

– ¿Ah, sí? – Amanda se había preguntado cuánto tiempo tardaría en preguntarle su nombre y estaba deseando decirle: «Soy Amanda Garland, la vieja insoportable». Pero no lo hizo-. Me llamo Mandy Fleming.

– ¿No es ese el nombre de la vieja? – preguntó. Él sabía quién era, pensaba Amanda. Y le había estado tomando el pelo-. ¿No es el nombre de su jefa? Mandy es el diminutivo de Amanda.

Amanda suspiró, aliviada. Aunque no sabía por qué.

– Todo el mundo la llama señorita Garland – contestó. Excepto Beth, la primera secretaria que había contratado para su agencia y que pronto se había convertido en su mano derecha.



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