Levantó la mano para alcanzar el viejo picaporte, pero enseguida la dejó caer a un costado. Le invadió cierta aprehensión que hizo que se le erizara el vello de la nuca y se le revolviera el estómago. Había repetido aquel gesto docenas de veces. ¿A qué venía tanta aprehensión? ¿Por qué ahora?, se preguntó, a pesar de que ya conocía la respuesta. Porque en esa ocasión se trataba de una cuestión personal y, una vez hubiera abierto la puerta, una vez hubiera dado el primer paso, ya no habría vuelta atrás.

Si sus amigas la hubieran visto en aquel momento, paralizada como si tuviera los pies pegados al cemento, se habrían quedado impresionadas. Había entrevistado a asesinos en serie y a homicidas despiadados, pero intentar hacer la pelota a chalados antisociales con trastornos de personalidad era pan comido comparado con lo que le aguardaba dentro del bar de Mort. Al otro lado del cartel de no se admiten menores de 21 años le aguardaba su pasado, y hacía poco que había aprendido que hurgar en el pasado de los demás era jodidamente más fácil que hurgar en el suyo.

Por el amor de Dios, dijo para sí, y buscó el picaporte de la puerta.

Estaba algo enfadada consigo misma por ser tan pusilánime y aplastó la aprehensión bajo el pesado puño de su fuerza de voluntad. No sucedería nada que ella no deseara. Ella tenía el control, como siempre.

El ruido de la gramola y el olor a lúpulo y tabaco la asaltaron al entrar. La puerta se cerró tras ella y esperó unos segundos a que sus ojos se acostumbraran a la luz tenue. El bar de Mort era solo un bar. Igual que cualquier otro de los miles en los que había estado a lo largo y ancho del país. Nada especial, ni siquiera la hilera de cornamentas que colgaba sobre la larga barra de caoba era algo fuera de lo normal.



2 из 224