
A Maddie no le gustaban los bares en general, y mucho menos los de vaqueros; no le gustaba el humo, ni la música ni los constantes ríos de cerveza. Tampoco le interesaban los vaqueros en especial. En lo que a ella respectaba, unos Wranglers ceñidos a un culo prieto de vaquero no compensaban las botas, las hebillas y los escupitajos de tabaco mascado. Le gustaban los hombres con traje y zapatos de piel italianos. Aunque no había tenido un hombre, ni siquiera una cita, desde hacía unos cuatro años.
Estudió la multitud mientras avanzaba hacia la mitad de la larga barra de roble donde estaba el único taburete libre. Su mirada se topó con sombreros de vaquero, gorras de camionero, unos pocos cortes militares y una o dos melenas. Se fijó en las colas de caballo, en las cabelleras largas hasta la cintura y algunas de las peores permanentes y peinados a lo Farrah Fawcett que jamás habían salido de los ochenta. Lo que no veía era a la única persona que estaba buscando, aunque en realidad tampoco esperaba verlo sentado a una de las mesas.
Se apretujó en el taburete entre un hombre con una camiseta azul y una mujer con el cabello super castigado. Detrás de la caja registradora y las botellas de alcohol, un espejo se extendía a lo largo de toda la barra tras la que dos camareros tiraban cerveza y mezclaban bebidas. Ninguno de ellos era el propietario de tan exquisito establecimiento.
– Esa muchachita iba a vela y a motor, ya sabéis lo que quiero decir -dijo el hombre de la izquierda, y Maddie imaginó que no estaba hablando de náutica.
El tipo en cuestión tendría unos sesenta años, lucía una gastada gorra de camionero y una barriga de bebedor de cerveza del tamaño de un barril. A través del espejo Maddie veía asentir a varios hombres en fila, embelesados con el tipo de la barriga cervecera.
Uno de los camareros puso una servilleta delante de ella y le preguntó qué quería beber. Parecía tener unos diecinueve años, aunque Maddie supuso que al menos habría cumplido los veintiuno y sería lo bastante mayor para servir alcohol entre capas de humo de tabaco y hundirse en la mierda hasta la rodilla.
