Frank se recostó en el catre y parpadeó mirando el techo. El sabio hombre chino dice que cuando un hombre sueña ser una mariposa, en realidad, podría ser una mariposa soñando ser un hombre. Pero el sabio hombre chino se equivoca. Frank conocía la diferencia, sin lugar a dudas; siempre la había conocido. Ese peso de plomo que se pegaba a él como una doble piel, toneladas de tristeza y terror: todo aquello era lo real, era la vida misma. Cerró los ojos y durante un par más de segundos dolorosos todavía pudo oler el césped recién cortado. Pero no como podía sentir el movimiento de las agujas del reloj, no del modo que sus terminaciones nerviosas percibían el paso del tiempo.

Apretó los puños contra los costados. Si al menos Bonnie no viniera, pensó. Todo iría bien si Bonnie no viniera a despedirse. Y Gail. Ya no era ningún bebé. Tenía siete años. Dibujaba para él árboles y casas con sus lápices de colores.

– ¡Hey! -le diría-. Esto está realmente muy bien, corazón.

Eso iba a ser lo peor, consideró. Estar sentado con ella, con ellas, viendo pasar el tiempo. Temía no ser capaz de soportarlo.

Poco a poco, se sentó en el extremo del catre. Se llevó las manos a la cara como si fuera a frotarse los ojos y permaneció inmóvil durante unos momentos. Ese maldito sueño le había llenado el corazón de dolor y nostalgia de los viejos tiempos. Debía recomponerse o la nostalgia le haría flaquear. Esa era su mayor inquietud. Sentirse desfallecer. Si Bonnie lo viera derrumbarse al final, o, Dios mío, si Gail lo viera… el recuerdo las acompañaría a lo largo de sus vidas. Sería la imagen que conservarían de él para siempre.

Se incorporó y respiró hondo. Era un hombre de metro ochenta, delgado y musculoso, con anchos pantalones verdes de prisión, y camiseta de béisbol estarcida con el número CP-133. El abundante pelo oscuro le caía sobre la frente como una descarga desigual. Tenía el rostro enjuto y arrugado, y los ojos muy juntos, de color marrón, profundos y tristes. Se pasó el pulgar por los labios, secándolos.



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