Frank Beachum despertó de un sueño del Día de la Independencia. Su última imagen antes de la hora, una ficción cruel en un sueño que había sido extrañamente profundo, teniendo en cuenta las circunstancias. Había vuelto al patio trasero de su casa, antes de ir a la tienda de ultramarinos, antes del picnic, antes de que la policía apareciera para llevárselo. Se había impregnado otra vez con el calor de la mañana estival. Había vuelto a oír el ruido del cortacésped. Había notado la presión del mango de la máquina contra la palma de la mano e incluso olido la hierba. También había oído su voz, la voz de Bonnie, llamándole a través de la puerta mosquitera. Había visto su cara, la cara que había sido, respondona y compacta, debajo de su pelo corto y leonado, pálida y nada guapa. Nunca había sido guapa, pero sus grandes ojos azules, tiernos y alentadores, le daban un halo de sensualidad. La vio sosteniendo la botella, la de la salsa A-1. La había estado agitando de arriba abajo para mostrar que estaba vacía. Él había permanecido en el traspatio bajo el sol caliente, y su hija pequeña, Gail, volvía a ser un bebé. Sentada en su caja de arena, junto al molde de plástico en forma de tortuga. Golpeando ruidosamente la arena con su pala y riéndose escondida, riendo al mundo en general.

A Frank le había parecido estar allí. No se asemejaba en absoluto a un sueño.

Durante unos momentos antes de levantarse, permaneció inmóvil, de lado, con los ojos cerrados y de cara a la pared. Su mente se aferraba al sueño, lo retenía con terrible nostalgia. Pero el sueño se fue disipando lenta y despiadadamente y la celda de la muerte volvió a él. Notó el catre debajo de su hombro y observó la pared blanca de piedra delante de su cara. Se volvió, esperando que… Pero había barras en la puerta de su jaula. Y un guardia al otro lado, sentado frente a su amplia mesa, mecanografiando la ficha cronológica: 6.21 – El prisionero se despierta. El reloj colgaba de lo alto de la pared encima de la cabeza inclinada del guarda. Quedaban diecisiete horas y cuarenta minutos para que le sujetaran con correas a la camilla, antes de que le condujeran a la cámara de ejecución para recibir la inyección.



5 из 326