
– ¿Qué vas a hacer hoy, además de ensayar? -le preguntó su padre tras darle un abrazo.
– Tengo que hacer las maletas si mañana me quiero ir a Nueva York. Phyllis me ha dicho que ella me llevará al auditorio antes del concierto para que pueda practicar un poco.
– ¡Estupendo! Cuando termine de pasar consulta, me iré a casa a cambiarme y te veré entre bastidores antes del concierto.
– Me parece fenomenal -sonrió Heather-, pero no pasa nada si tienes trabajo y sales tarde. Recuerda que no toco hasta después del intermedio?
– ¿Crees que me perdería la entrada de mi hija en el mundo de Rubenstein y Ashkenazy? -le dijo con voz solemne poniéndole una mano en el hombro.
– Papá… -sacudió la cabeza-. Ellos son maestros. Muy pocos pueden seguir sus pasos.
– Tú lo conseguirás, hija. Tu madre y yo Siempre soñamos con esto.
La besó en la frente antes de salir del comedor. Heather se quedó un buen rato sin poderse mover de la silla, agarrotada por el conflicto interno, oyendo el coche de su padre que se alejaba hacia el hospital.
El doctor Raúl Cárdenas miró por la ventanilla del avión mientras descendían al aeropuerto internacional de Salt Lake. Aunque estaban a mediados de junio, todavía había nieve en las cimas de las Montañas Rocosas. Aquello le recordó a los Andes, lo que debería haberlo emocionado.
Sin embargo, desgraciadamente nada conseguía últimamente sacarlo de su tristeza. Ni siquiera volver a ver a Evan y Phyllis.
Tenía asuntos importantes entre manos y era imprescindible que hablara con Evan. El doctor Dorney, reputado cirujano cardiovascular, había sido su maestro en su último año de residencia en el hospital universitario de Salt Lake.
