Se habían hecho buenos amigos. Raúl sabía que Evan hubiera querido que se quedara en Salt Lake como socio de su clínica.

Aunque la propuesta lo había emocionado Raúl sintió la llamada de sus raíces. No podía darle la espalda a su país, donde se necesitaban desesperadamente médicos. Tampoco podía olvidarse de sus tíos, ya mayores, que lo habían criado desde los nueve años. Ellos habían querido que siguiera el camino de su tío y fuera abogado.

Al final, Raúl decidió ser médico y ejercer en el Gran Chaco de Argentina porque creía que era allí donde sería realmente útil. Dio al traste con los sueños de su tío y con las esperanzas de Evan.

Nunca se había arrepentido de su decisión aunque echaba mucho de menos a su mentor y a su excepcional mujer, Phyllis. De hecho, habían mantenido la amistad a través del teléfono y del correo.

En aquellos años, los Dorney habían ido cuatro veces a Buenos Aires. Habían estado los tres de vacaciones en los Andes y en la Patagonia. Ahora era él quien, por fin, iba a visitarlos.

Lo alarmó el hecho de que el inminente encuentro no lo alegrara tanto como debiera. Sintió cierto alivio cuando el avión aterrizó y lo liberó por un rato de su angustia interna.

Se desabrochó el cinturón y se puso la chaqueta antes de salir al pasillo. La zona de primera clase se vació pronto. Se paró en la puerta de la sala de espera y miro a los allí congregados. Entonces, vio aquellos inteligentes ojos color ámbar.

Aunque tenía el pelo más canoso, Evan no había cambiado. Seguía siendo un hombre apuesto y de sonrisa sincera. Se abrazaron.

– Evan -murmuró Raúl sintiendo una repentina oleada de emoción cuando lo embargaron los recuerdos. Aquel hombre tenía todo el calor que a su tío le faltaba, a pesar de que el hombre había intentado hacerlo lo mejor posible desde que se había ocupado de él tras la muerte de sus padres.

– No te puedes imaginar la alegría que me dio cuando me dijiste que venías -Dijo su maestro con sinceridad.



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