
Oyó un ruido y vio la avioneta que la iba a devolver a su mundo, un mundo en el que no estaba Raúl.
Miró a su alrededor de nuevo, fijándose en la extraña belleza de aquel lugar, y le pareció que se le encogía el alma.
Agarró la maleta y fue hacia el aparato sin pasar por el hospital. Al acercarse a la avioneta, vio a dos hombres descargando material. Cuando vio a Raúl saliendo de la cabaña situada junto a la de Marcos temió que se le parara el corazón. Iba hacia ella.
Siempre lo recordaría yendo a buen paso hacia ella con el sol del amanecer en su pelo negro.
Le sonrió y vio que parecía que él tampoco había dormido. Claro que Elana y él habrían estado reconciliándose.
– Lista para irme.
– Ya veo.
– Me he tomado una botella de agua con las pastillas de la malaria. Ya tomaré algo en Formosa -dijo pasando a su lado hacia la avioneta.
Raúl la agarró del brazo que le hizo sentir una descarga eléctrica en todo el cuerpo.
– Tienes que comer algo, Heather.
Se soltó con furia y lo miró con cara de pocos amigos.
– ¿ Quién te obliga a ti a comer cuando no tienes hambre?
La palabrota que dijo la llenó de satisfacción y dijo lo primero que se le pasó por la cabeza.
– No te preocupes, Raúl, en breve la apestosa estadounidense que se había enamorado de ti será historia.
Salió corriendo y se subió al aparato ante la mirada atónita del piloto. Se sentó y se abrochó el cinturón. Oyó pisadas y el piloto pasó a su lado seguido por Raúl, que se paró a su lado.
– He metido tu maleta a bordo.
– Gracias.
– Le he dado instrucciones a Pablo para que te lleve al aeropuerto y cuide de ti. -Muy amable por tu parte.
– ¡Heather, mírame! -gimió.
Ella levantó la cabeza intentando controlarse.
– Te estoy mirando.
– ¿Vuelves a Viena?
