
Encendió la luz y apartó la mosquitera.
Menos mal que llevaba un camisón y que no estaba en ropa interior.
Temerosa de mirarlo, se tapó con la colcha y agarró el vaso.
– Siento que te preocuparas por mí. Te prometo que me lo beberé.
Raúl no se movió del sitio.
Como quería que se fuera cuanto antes, se lo bebió de un trago.
– Ya está -dijo devolviéndole el vaso y mirándolo.
Él también la estaba mirando, pero no sabía con qué intención. Estaba tan viril y guapo.
Se había duchado y afeitado. Sin poder evitarlo, se vio transportada a aquella noche que habían compartido.
– Gracias -dijo apartando la mirada-. Estoy bien. Por favor, apaga la luz y vete -añadió con voz incierta.
Raúl siguió sin moverse.
– Como ya habrás visto, el clima aquí es insoportable y no se puede hacer nada. No es fácil vivir aquí.
No tenía sentido decirle que, estando con él, no le importaba.
Él estaba con Elana y la quería a ella lejos. Así sería.
– Es un sitio horrible, tienes razón. Si no te importa, estoy cansada -contestó echándose de espaldas a él y rezando para que se fuera.
Apagó la luz y respiró con dificultad.
– Marcos me está cubriendo, así que me quedaré contigo hasta que te duermas. Las noches aquí son un poco malas al principio.
– Haz lo que te dé la gana, Raúl. Buenas noches-dijo ella con lágrimas en los ojos.
Al poco rato, lo oyó abrir y cerrar la puerta con llave.
«Eso. Enciérrame en una torre de marfil donde nadie me vea».
Agarró la almohada y la abrazó.
Decidió que no iba a volver a Europa. Iba a ir a Salt Lake a hablar con su padre.
Apenas pegó ojo aquella noche y, en cuanto amaneció, se levantó y se duchó.
Se vistió, hizo la cama y salió con su equipaje.
Una vez fuera, vio a unos chiquillos corriendo y hablando en una lengua que ella no conocía. Supuso que sería guaraní, por lo que había leído sobre la región. Había albergado la esperanza de aprender más cosas con Raúl.
