
¡Tenía que ser Strachan McLeod!
Bajó la ventana cuando él se inclinó para hablarle y se sintió en desventaja debido a que su coche era muy bajo. Él acercó su rostro al de ella y sus facciones le resultaron extrañamente familiares. Pudo notar la textura de su piel curtida y la forma en que el cabello crecía en sus sienes. Sus cejas oscuras estaban juntas, puesto que fruncía el ceño, y los ojos azules parecían tan poco amistosos como siempre. Tenía unas pestañas largas y negras y estaban mojadas por la lluvia.
– Tendrá que regresar.
No la saludó ni dijo «por favor». Gisella olvidó su decisión de impresionarlo con su encanto. Sus nervios, ya de punta debido al susto, se estremecieron por su cercanía.
– ¿Por qué no regresa usted?-preguntó.
Strachan contuvo la respiración y habló entre dientes.
– Porque tendría que dar marcha atrás como medio kilómetro, señorita Pryde, mientras que usted sólo se encuentra a unos metros del camino. ¿No le parece lógico?
– ¡De acuerdo -respondió ella con sarcasmo-, puesto que me lo ha pedido de tan buena manera!
Él la miró con enfado y ella se apresuró a dar marcha atrás. Se mordió el labio y se negó a mirar a Strachan mientras retrocedía por el camino. Su parabrisas trasero estaba sucio y la lluvia aún caía con fuerza, lo que impedía la visibilidad todavía más.
– ¡Maldición! -se dio cuenta demasiado tarde que se había salido del camino y caído en la cuenta. Las llantas giraron con furia, pero el coche se hundió más en el lodo.
La joven colocó la cara entre las manos. ¿Por qué tenía que suceder eso ahora, frente a él?
Levantó la mirada y se encontró con Strachan McLeod mirándola con impaciencia, así que se puso el impermeable y bajó del coche para enfrentarse a él.
– ¿Qué demonios hace ahora?
– Es obvio, ¿no lo cree? ¡Tomo la ruta pintoresca!
