
El Castillo Kilnacroish estaba marcado en el mapa que Meg le había mandado para encontrar el camino hacia la cabaña. Gisella lo colocó sobre el volante para orientarse, mientras la lluvia golpeaba el parabrisas. No parecía estar lejos. Si seguía de frente y después giraba a la izquierda, quizá habría algún letrero que indicara el camino.
Condujo despacio por el sendero angosto y se esforzó para ver a través de la lluvia la señal que Meg había marcado en el mapa. O no la vio, o su amiga no tenía idea de la distancia. Cuando decidió dar la vuelta y regresar, un vehículo viejo se detuvo ante su petición.
– ¿El Castillo Kilnacroish? -preguntó con lentitud el anciano-. Supongo que desea encontrar la entrada principal.
– La entrada más cercana estará bien -respondió Gisella y trató de no parecer impaciente.
– Hay un camino a través de la granja, a la derecha, hacia arriba, pero tiene muchos baches -observó el coche deportivo-. Será mejor que vaya por la entrada principal. Está sólo a unos kilómetros.
Como era típico en ella, eligió la ruta más cercana.
El anciano no había exagerado al decir que el camino estaba en mal estado. La lluvia había llenado todos los baches y los lados del camino, antes cubiertos de hierba, ahora estaban encharcados.
Gisella se mordió el labio cuando el coche pasó sobre un surco, y se arrepintió, no por primera vez, de haber cedido ante una decisión tan instantánea. Si el camino empeoraba, tendría que regresar. El anciano había dicho que más adelante hallaría una granja.
Se esforzó por ver a través del parabrisas, con la esperanza de que el granjero le permitiera dar la vuelta en su patio. Con seguridad, no todos serían tan antipáticos como Strachan McLeod.
Como si sus pensamientos lo hubieran conjurado, un Land Rover salió de una curva a gran velocidad, y apenas logró detenerse a tiempo. Como el camino era muy angosto, los vehículos quedaron uno frente al otro. Sobrecogida, Gisella observó al hombre que bajaba del Land Rover y que caminaba hacia ella.
