La joven tamborileó con los dedos sobre la parte superior de la reja y por un momento se olvidó de la belleza del paisaje. Ella sugirió que se olvidaran del artículo sobre Kilnacroish, si había tan poco tiempo, pero Yvonne insistió.

– Es una muy buena historia y es diferente. Lo importante es no repetirse. Estoy segura de que Week By Weekva a sacar a relucir el monstruo del Lago Ness, pero tus artículos son originales, en especial, porque has pasado la noche en todas esas habitaciones hechizadas… No, Gisella, creo que necesitamos la historia de Kilnacroish para completar la serie. Lo único malo es que mi jefe me está presionando, por lo tanto, ¿podrías hacerlo pronto?

El problema era que tal vez no fuera tan fácil entrar en el Castillo Kilnacroish. Ella le había enviado una carta encantadora al dueño, pero éste no se había impresionado en lo más mínimo y su respuesta había sido muy descortés.

No obstante, ella no se había convertido en una periodista de prestigio cediendo ante la primera muestra de oposición. Resultaba frustrante ser detenida a estas alturas, pero si deseaba triunfar escribiendo artículos importantes, tenía que entrar de alguna manera en el Castillo Kilnacroish.

Meg le había dicho que el castillo no quedaba lejos de la cabaña. Gisella se esforzó para abrir la puerta y al fin cedió. Cruzó el campo, hacia el río. Tal vez pudiese ver la vieja construcción desde allí. Tropezó con una rama y sonrió cuando vio que sus tacones se habían hundido en el césped, recordando cuánto le habían costado los zapatos.

Tenía unas botas en el coche, pero al llegar estaba demasiado impaciente por ver la cabaña y sus alrededores y no se había detenido a buscarlas. Titubeó un poco y después se encogió de hombros. No merecía la pena regresar ahora. Sólo quería echar un vistazo al famoso castillo.



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