Ensimismada en ver donde caminaba sobre el suelo lodoso, se dio cuenta demasiado tarde de que no estaba sola allí. Un sexto sentido la hizo mirar por encima del hombro y se detuvo en seco al ver que su camino hacia la verja estaba bloqueado por una manada de toros, que se habían acercado desde un extremo lejano del campo, atraídos por el colorido de su ropa.

Gisella se estremeció. Tenían una apariencia terrible a tan corta distancia. Con la mayor tranquilidad posible, empezó a retirarse, pero los toros la siguieron sin dejar de mirarla. La joven se mordió el labio y se detuvo. Los animales también se detuvieron, bajaron la cabeza y rascaron la tierra con las patas.

¿Significaría eso que estaban a punto de atacar?

¡Giselle nunca se había sentido tan urbana! Dio otro paso precavido hacia atrás y notó que el tacón de su zapato se hundía en el lodo. Movió el pie despacio tratando de desenterrar el zapato, y el movimiento atrajo la mirada del toro más curioso, que avanzó hacia ella. La joven gritó, abandonó su zapato, y corrió a la pata coja a refugiarse detrás de un árbol, sin dejar de mirar a los animales.

– ¡Fuera! -gritó y miró con anhelo hacia la reja.

Los toros no obedecieron. Se detuvieron muy cerca y formaron un semicírculo en torno a ella. Gisella se reprendió con enfado, humillada por su nerviosismo. Se había enfrentado a situaciones más terribles como periodista. Lo único que tenía que hacer era apartarlos del camino.

La corteza áspera del árbol se le clavaba en la espalda y el viento agitaba su cabello rubio sobre su cara, mientras ella miraba sin esperanza hacia el castillo.

De pronto, escuchó un grito que venía desde la verja.

Gisella volvió la cabeza y se apoyó contra el árbol con un suspiro de alivio.

Un hombre venía hacia ella con el ceño fruncido. Apartó a las bestias y se volvió hacia la joven.



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