Ojalá pudiera creer lo contrario. Pero, más que nada, hoy desearía poder pasar de nuevo una hora con Wolfgang.


«Me dijeron, Heráclito, me dijeron que habías muerto. Me trajeron amargas noticias y amargas lágrimas. Lloré mientras recordaba lo muy a menudo que habíamos cansado al sol con nuestra charla, hasta que lo expulsábamos del cielo. Pero ahora aquí yaces, mi querido huésped de Carente. Un puñado de cenizas grises, por fin en paz. Aún están despiertas tus amables voces, tus ruiseñores; Pues la muerte se lo lleva todo, pero no podrá con ellas.»

Primera parte

2010 D.C.

1

EL CAMINO A ARMAGEDÓN

La nieve caía lenta y constantemente en pequeños copos, añadiendo cuatro pulgadas de cristales nuevos a la superficie helada. Medio metro por debajo, con el torso encogido y la nariz hundida en la gruesa piel, la gran osa yacía inmóvil. Placas de hielo translúcido cubrían el denso pelaje marrón claro.

La voz atravesó la cueva como un hilo de sonido incorpóreo.

—El nivel de sodio continúa descendiendo. Tiene mal aspecto. ¡Dios mío! Intenta un ciclo más.

En la periferia de la cueva, un parpadeo de luces de colores empezó a fluctuar. Las paredes brillaron con un color rojo, luego azul claro, y por fin chispearon con un verde deslumbrante. Una cascada de colores puros se dibujó en los párpados de la bestia.

La osa dormía al borde de la muerte. La temperatura de su cuerpo se mantenía constante, diez grados por encima del punto de congelación. El enorme corazón latía dos veces por minuto, el nivel metabólico estaba reducido a un factor de cincuenta. La respiración se debilitaba firmemente, revelada ahora sólo por la fina capa de cristales de hielo en el borde de la barba blanca y alrededor del hocico.



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