—No sirve —añadió la voz con urgencia—. Sigue decayendo, y estamos perdiendo el pulso. Tenemos que correr el riesgo. Dale una descarga mayor.

Las luces se alteraron. Hubo un destello magenta, un rápido parpadeo zafiro y azul, y luego una pincelada de naranja y rubí sobre la pared de hielo. Mientras el arco iris se modulaba, la osa respondió a la señal. Los ojos grises se movieron en la cabeza grande y suave. El pecho tiritó.

—Eso es todo lo que me atrevo a darle. —La segunda voz era más profunda—. Estamos empezando a obtener más fibrilación cardiaca.

—Manten el nivel ahí. Y no le quites ojo a la temperatura rectal. ¿Por qué pasa esto precisamente ahora? —La voz se repitió con un eco de angustia por las gruesas paredes de la caverna.

La cámara donde estaba la osa tenía quince metros de diámetro. A lo largo de la pared exterior corría un filamento de fibras ópticas. Pasaba bajo el hielo hasta una caja colocada junto al cuerpo de la bestia. Débiles señales electrónicas corrían a través de agujas profundamente implantadas en la dura piel, donde los sensores controlaban las corrientes de vida en el corpachón. La conductividad de la piel, los latidos del corazón, la presión sanguínea, la saliva, la temperatura, los equilibrios químicos, las concentraciones de iones, los movimientos oculares, y las ondas cerebrales eran vigiladas continuamente. Las señales codificadas y ampliadas en la caja cuadrada, pasaban como pulsaciones lumínicas a lo largo de la fibra óptica hasta un panel situado en el exterior de la cámara.

La mujer inclinada sobre el panel exterior, tenía unos treinta años. Llevaba el pelo negro muy corto sobre una frente amplia y lisa que ahora, mientras estudiaba los datos, estaba surcada por arrugas de preocupación. Observaba un lector digital que fluctuaba rápidamente a través de una secuencia de valores repetidos. Estaba descalza, y movía los pies nerviosamente mientras los dígitos se movían cada vez más rápidos.



3 из 281