—Están instalando una de las antenas experimentales —dijo la voz de Hans Gibbs. Obviamente, sabía con exactitud a qué parte de la imagen había llegado—. Esas dos están a bastante distancia del centro de gravedad de la Estación, a cuatrocientos kilómetros por debajo. La Estación Salter está en una órbita de seis horas, a diez mil kilómetros de altura. La velocidad orbital es de cuatro mil ochocientos metros por segundo, pero el extremo del botalón viaja solamente a cuatro mil setecientos sesenta metros. ¿Ve la ligera tensión de esos cables? Esos dos no están del todo en caída libre. Sienten una centésima de g. No es mucho, pero lo suficiente para que se note.

Judith Niles tomó aliento, pero no habló.

—Mire el de la izquierda —dijo tranquilamente Hans Gibbs.

La imagen mostraba los suficientes detalles para ver exactamente lo que pasaba. Los cables que aseguraban una de las dos figuras habían sido soltados para poder conseguir una nueva posición en el asidero. Una pequeña antena se había abierto, extendiéndose más allá del final del botalón. La figura de la izquierda comenzó a flotar lentamente a lo largo de la antena, con una clavija de seguridad en el guante derecho. Estaba claro que habría otro punto a su alcance en el riel donde colocar el cable. El individuo se movía muy despacio, rotando un poco mientras avanzaba. La segunda figura estaba encorvada sobre otra parte de la cadena de metal, ajustando un segundo anclaje para la antena.

—En treinta segundos uno se aleja flotando casi cincuenta metros —dijo suavemente Hans Gibbs. Su acompañante continuaba quieta como una estatua.

La comprensión de lo que sucedía llegaba lentamente, así que nunca había un momento en que los sentidos pudieran dar la voz de alarma.



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