Desde la distancia, era como un brillante filamento de plata que se extendía hasta el centro de refinamiento de la estación.

Judith Niles apartó la mirada de la hipnótica visión de la interminable cinta sin fin. Sacudió la cabeza y sonrió al hombre sentado frente a ella.

—Hans, no es sólo que sea quisquillosa. Y estoy segura de que tú y yo cerraremos el trato. No es algo que quiera para mí, es por mi equipo del Instituto. Les estoy pidiendo que dejen la seguridad del trabajo gubernamental y corran el riesgo de integrarse en un grupo industrial privado en una instalación orbital.

—¿Seguridad? —Hans Gibbs la miró—. Judith, eso es una tontería. Lo sabes. Trabajar con Salter Wherry es mucho más seguro que hacerlo en ningún puesto gubernamental. Todo tu equipo podría ser despedido mañana mismo si cualquier idiota en las Naciones Unidas decidiera hacer valer su peso. Y hay muchos idiotas sueltos. Y no digas tonterías sobre tu presupuesto. Salter Wherry dispone de información mejor y más inmediata que tú.

—Te creo —suspiró ella—. Te dije que no tienes que convencerme. Estás predicando en el desierto. He visto nuestros programas desviados, recortados e ignorados, año tras año. Pero necesito traer conmigo a veinte científicos clave y te estoy diciendo cómo se sienten algunos de ellos. Volveré al Instituto y me preguntarán: «¿Accedió Salter Wherry a esto o a aquello?», y yo tendré que decirles: «Bueno, no. Firmé un contrato a largo plazo, pero la verdad es que no llegué a verle.» ¿Sabes qué dirán? Dirán que este proyecto está muy abajo en la lista de prioridades de Salter Wherry, y que tal vez deberíamos pensárnoslo mejor.



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