
Y cuando se marcharan, ¿qué? Para muchos de ellos, nunca habría un retorno. Perderían la Tierra para siempre.
El edificio zumbaba con el murmullo de un millar de experimentos. Jan De Vries se quedó sentado en su cómoda silla largo rato, reflexionando, mirando por la ventana la húmeda noche, pero viendo solamente la perspectiva nebulosa de su propio futuro. ¿A dónde le llevaría? Al cabo de diez años, ¿estaría en el espacio? ¿Cómo se estaría allí arriba?
Era difícil retener las ideas; se escapaban de su cerebro cansado. Bostezó y se puso en pie. Diez años… era demasiado tiempo. Mejor pensar en las cosas inmediatas: la lista de Judith Niles, el presupuesto, el informe aún no terminado de su viaje. Diez años era el infinito, algo más allá de su perspectiva.
Jan De Vries no tenía medio de saberlo, pero había enfocado mal su bola de cristal. Debería haber mirado mucho más hacia el futuro.
5
—O me reúno con él en persona o no hay acuerdo. Es así de simple, Hans.
—Te digo que no es posible. Ya no mantiene reuniones cara a cara. Ni aquí, ni abajo en la Tierra.
—Tú le ves con frecuencia.
—Bueno, maldita sea, Judith, soy su secretario. Incluso él tiene que ver a algunas personas. Pero tengo autoridad legal para firmar por él, si eso es lo que te preocupa. Comprueba con Zurich cualquier duda que tengas sobre las finanzas. Y si quieres echar un vistazo a cualquier otra cosa en la Estación, dímelo y lo prepararé.
Hans Gibbs parecía casi suplicante. Estaban sentados en una cámara de un octavo de g, a medio camino del eje de la Estación Salter, contemplando las operaciones mineras en Elmo, a un centenar de kilómetros sobre ellos. Arcos eléctricos brotaban y chisporretaban en secuencias aleatorias sobre la superficie del asteroide en órbita con la Tierra, y transportadores cargados se movían perezosamente por la cadena umbilical.
