Los edictos en contra de la importación de productos de la Estación Salter habían sido totalmente inútiles en la mayoría de países. Los envíos de metal eran «desviados» a través de espaciopuertos neutrales en las Zonas de Comercio Libres, y por fin llegaban adonde hacían falta, siendo un cincuenta por ciento más caras de lo que habrían resultado en una venta directa.

Las operaciones de Wherry eran lo suficientemente fuertes para soportar el desafío de cualquier gobierno, y se rumoreaba que sus sistemas de defensa eran capaces de soportar un ataque combinado de la Tierra. El Instituto podría trasladarse aquí, a salvo de los recortes presupuestarios y los cambios de dirección. Pero ¿merecería la pena? Sólo si ella y el resto del personal tenían libertad real para llevar adelante su trabajo. Ésa era la promesa que tenía que arrancar a Salter Wherry. Y tenía que acompañarla un contrato férreo. Cuando se trata con un maestro de la manipulación, uno no puede permitirse el lujo de dejar resquicios.

Se reclinó en su asiento y miró hacia arriba. Un débil destello de luz más allá de su campo de visión, llamó su atención. Comprendió que estaba viendo uno de los poco frecuentes tránsitos de Eleonora, la sexta y más ambiciosa de las gigantescas arcologías. Estaba en órbita a casi mil kilómetros de altura, y pasaba junto a la estación sólo una vez cada tres días. Los medios de comunicación, escépticos, habían bautizado al principio como «la locura de Salter» a la primera arcología, pero ésta había empezado su desarrollo hacía catorce años y había crecido con firmeza. Hasta que la gran estación espacial estuvo completada, Salter Wherry pareció contentarse con que el mote original sirviera como oficial. Entonces por fin la bautizó Amanda, ayudó a su población de cuatro mil personas a establecerse en ella y luego, aparentemente, perdió todo interés en ella. Su mente estaba centrada en la construcción de la segunda arcología, luego en la tercera…



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