—De acuerdo, Judith. Lo intentaré. Salter Wherry está aquí en la Estación, y tengo que verle de todas formas para otros asuntos. Dame media hora. Si no puedo conseguir algo en ese tiempo, entonces no podré conseguir nada. Espera aquí y llama a Servicios Centrales si necesitas algo mientras no estoy. Pero no te crees esperanzas. Lo único que puedo decirte es que él quiere el Instituto aquí con urgencia. Dice que el problema de la narcolepsia es de máxima prioridad. Tal vez rompa su propia regla.


Judith Niles se quedó sola con sus pensamientos. Las palabras de Jan De Vries continuaban resonando en su interior: «Salter Wherry es un manipulador, el mejor del Sistema.» Y ahora ella esperaba manipular el sistema que él había creado. Wherry no lo sabía, pero ella no tenía otra opción. Tenía sus propias urgencias. Los experimentos que quería hacer no podían ser llevados a cabo abajo, en la Tierra. Si él lo sospechara…

Miró una vez más el panorama cóncavo de la portilla. La Estación Salter era la poderosa evidencia de la efectividad de aquella fuerza manipuladora. Desde donde estaba sentada, Elmo era continuamente visible. Era el primero de los asteroides que cruzaban la órbita terrestre que había sido llevado a una estable órbita de seis horas en torno a la Tierra. Pero, como Salter Wherry había prometido a las Naciones Unidas, la historia no terminaba allí.

Mirando el panorama en desarrollo sobre ella, Judith Niles no tuvo más remedio que maravillarse. Las operaciones mineras del asteroide de Wherry habían proporcionado los metales básicos para crear y luego expandir la Estación Salter. Pero, al mismo tiempo y casi como un subproducto, se extraía suficiente platino, oro, iridio, cromo y niquel para cubrir casi la mitad del suministro mundial.



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