—No sirve. Está empeorando. ¿Podemos invertirlo?

El hombre que estaba junto a ella negó con la cabeza.

—No sin matarla aún más rápidamente. Su temperatura ya ha bajado demasiado, y su actividad cerebral está fuera de control. Me temo que vamos a perderla.

Su voz era calmada, lenta y muy controlada. Se volvió hacia la mujer, esperando instrucciones.

Ella inspiró profundamente.

—No podemos perderla. Tiene que haber algo que podamos hacer. ¡Oh, Dios mío! —Se puso en pie, revelando una complexión alta que resaltaba la delgadez de sus hombros encorvados—. Jinx tal vez está en el mismo estado. ¿Has verificado su jaula para ver cómo está?

—Acepta que sé hacer algo, Charlene —replicó Wolfgang Gibbs—. Le he reconocido hace unos pocos minutos. Todo sigue estable. Le dejé cuatro horas por detrás de Dolly, porque no sabía si el movimiento era seguro. —Se encogió de hombros—. Supongo que ahora lo sabemos. Mira el EEG de Dolly. Mejor que lo aceptes, jefa. No podemos hacer nada por ella.

En la pantalla situada entre ellos, las señales eléctricas del cerebro de la osa empezaban a aplanarse. Toda evidencia de crestas había desaparecido de la curva, y el sinusoide residual perdía su amplitud.

La mujer tembló y luego suspiró.

—¡Maldición, maldición, maldición! —Se pasó la mano por el pelo—. ¿Y ahora qué? No puedo quedarme aquí mucho tiempo… La reunión con JN empieza dentro de media hora. ¿Qué demonios voy a decirle? Tenía tantas esperanzas con esta…

Se enderezó bajo la mirada directa del otro. Había un elemento especulativo en su mirada que siempre la hacía sentirse incómoda…



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