Se acercó a la mesa y cogió uno de los dos portafolios. Su mano era delgada, con dedos largos y huesudos. Judith le observó prudentemente mientras él abría la carpeta y se la tendía.

—El año pasado fueron presentadas siete peticiones a las Naciones Unidas por parte de la doctora Judith Niles para llevar a cabo experimentos sobre la investigación del sueño, usando doce nuevas drogas que afectan el metabolismo. Los experimentos iban a hacerse usando sujetos humanos…

—…voluntarios, como quedó claro en las solicitudes.

—Lo sé. Pero todas fueron rechazadas. Tal vez porque hace tres años dirigió usted un experimento que terminó en un desastre. Los archivos son bastante claros. Usando una combinación de Tritofil y una técnica de refuerzo EEG y feedback consiguió mantener a tres voluntarios despiertos, alertas y aparentemente sanos durante más de treinta días. Pero entonces empezaron las complicaciones. Primero se produjo la atrofia de las respuestas emocionales, luego la atrofia del intelecto. Para citar una visión crítica del estudio: «La doctora Niles ha tenido éxito no en abolir la necesidad de sueño, sino sólo en inducir la enfermedad de Alzheimer. No necesitamos más demencia senil.»

—Maldita sea, si sabe tanto, probablemente sabe también quién escribió esa crítica. Fue Dickson, cuya solicitud para una investigación idéntica, bajo peores condiciones de control, fue rechazada en favor de la mía.

—Claro que lo se. —Salter Wherry volvió a sonreír—. Mi propósito no es reprocharle nada. Es preguntarle cuánto tardará, por las razones que sean, en poder continuar sus experimentos con sujetos humanos… como dice, con volunarios dispuestos.

Judith se cruzó de manos. Su cara no mostraba ninguna expresión. ¿Cuánto sabía él? Estaba casi al filo de la nueva investigación.

—Podrían pasar años antes de que se permitieran esos experimentos —dijo por fin.



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