—¿Por qué necesita mis consejos? —dijo él—. Seamos realistas. En su trabajo, mi contribución no sería más que ruido y distracción.

—Ésa no es la cuestión. Mis relaciones demandan una cierta lógica, independiente del sexo y la personalidad. De otra manera, no puedo trabajar con ellas.

Él sonrió de nuevo.

—¿Y pretende que hay lógica en sus presentes negociaciones con la impenetrable burocracia de las Naciones Unidas? Es mejor para usted que yo no me entrometa.

Se levantó.

—Tiene mi palabra. Si viene aquí, tendrá acceso a mí. Pero, a medida que se vaya haciendo mayor, aprenderá que la lógica es un lujo que a veces debemos ignorar. La mayor parte de la raza humana se las arregla sin ella. Es usted, indiscutiblemente, una mujer… Déjeme destruir otro rumor diciéndole que la encuentro atractiva. Y estoy reunido con usted, cara a cara. Así que ahí tiene las especulaciones. Cuando regrese a la Tierra, tal vez haga correr la voz de que muchos de los «hechos conocidos» sobre mí son simples invenciones. Aunque sé que esto no establecerá ninguna diferencia con la opinión pública.

Se había detenido ante ella de una manera que daba a entender claramente que la reunión había terminado. Judith permaneció sentada.

—Me ha hecho usted una última pregunta —dijo—. ¿Por qué insistí en este encuentro? Le he dado mi respuesta. Ahora creo que tengo derecho a hacer también otra pregunta más.

Él asintió.

—Es justo.

—¿Por qué accedió a verme? Según Hans Gibbs, era seguro que iba a rehusar. Creo que el problema de la narcolepsia es importante para usted… ¿pero tan importante? No lo creo.



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