
Salter Wherry se inclinó un poco, y su cara arrugada quedó delante de la de Judith. Parecía muy viejo y muy cansado. Ella pudo sentir la tristeza en sus ojos, más allá del fuego y el hierro. Cuando por fin sonrió, aquellos ojos adquirieron un tono soñador.
—Es usted una persona extraordinaria. Pocas personas ven un segundo nivel en los motivos, excepto para sí mismos y para sus propios propósitos. No quiero mentirle, y estoy seguro de que sus motivos son más profundos de lo que hemos tratado en esta reunión. Hoy, usted y su personal encontrarían difíciles de aceptar mis otros motivos. Por tanto, no se los diré. Pero algún día conocerá mis razones. Se detuvo un momento, y luego añadió suavemente: —Y ahora que la conozco, creo que las aprobará. Se dio la vuelta y se encaminó a la puerta antes de que Judith pudiera responderle. La entrevista con Salter Wherry había terminado.
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«Durante siglos, la Tierra ha sido considerada una gigantesca máquina autorregulada que absorbe todos los cambios, grandes y pequeños, y diluye sus efectos hasta que se vuelven invisibles a escala local. La humanidad cree que la estabilidad es cosa hecha. Sin atenernos a las consecuencias, hemos contemplado como se talaban los bosques se envenenaban los lagos, se secaban y desviaban los ríos, se arrasaban las montañas y se excavaban las llanuras para extraer sus contenidos minerales. Y nada desastroso sucedía. La Tierra toleraba los insultos, y siempre mantenía el statu quo.
«Siempre… hasta ahora. Hasta que finalmente se ha sobrepasado algún oculto punto crítico. La superación de este punto se ha señalado de muchas formas: por el incremento de la temperatura de los océanos, por la sequía y las inundaciones, por la amplia pérdida del suelo fértil, por las incesantes malas cosechas, y por el colapso de las industrias pesqueras de todo el mundo.
