Charlene Bloom le sonrió y asintió, pero su mente ya estaba centrada en la temida reunión. Cabizbaja, salió del edificio en forma de hangar. Sus pasos resonaban hasta el techo de acero. Tras ella, Wolfgang la observó partir. Su mirada era una mezcla de furia y pena.

—Eso es, Charlene —musitó entre dientes—. Eres la jefa, así que ve a que te echen la bronca. Es justo. Los dos nos la merecemos, después de lo que le hemos hecho a la pobre Dolly. Pero deberías dejar de besar el culo de JN y decirle que nos está forzando demasiado. Probablemente te pondrá a cargo de los archivos, pero lo tendrás bien merecido… Deberías haber dado tu brazo a torcer antes de perder a uno de estos animales.

A cien metros de distancia, más allá de la puerta abierta, Charlene Bloom se giró bruscamente para mirarle. Parecía molesta. Alzó la mano y le hizo una seña.

—¿Lee mis pensamientos? —se dijo él, volviéndose a la consola de control—. No. Sólo está asustada. Preferiría quedarse aquí a decirle a JN lo que ha pasado en la última media hora.

Se dirigió a la pantalla de Jinx. El gran oso marrón tenía que ser devuelto a la conciencia, una fracción de grado cada vez. No podían permitirse perder otro animal.

Se frotó el mentón sin afeitar, se rascó ausente la entrepierna y observó las señales telemétricas. ¿Qué era lo mejor? Nadie tenía experiencia real en aquel asunto, ni siquiera la propia JN.

—Vamos, Jinx. Hagámoslo bien. No queremos que sientas dolor cuando vuelva la circulación. El azúcar en la sangre primero, luego serotonin y el equilibrio del potasio. Eso no está nada mal.



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