Wolfgang Gibbs no se sentía realmente furioso con Charlene. Le gustaba mucho. Era la preocupación por Dolly y Jinx lo que le trastornaba. Tenía poca paciencia y respeto con muchos de sus superiores. Pero sentía gran afecto y preocupación por los osos y los otros animales.

2

Charlene Bloom tardó casi un cuarto de hora en atravesar el hangar principal. No era sólo sus pocas ganas de asistir a la reunión inminente lo que retardaba sus pasos: cincuenta experimentos se estaban llevando a cabo en el edificio, y la mayoría estaban bajo su control administrativo.

En una cripta poco iluminada había una docena de gatos domésticos, insomnes y trastornados. Una delicada operación les había quitado parte de su formación reticular, la sección del cerebelo que controlaba el sueño. Estudió las anotaciones. Llevaban despiertos ininterrumpidamente mil ciento ochenta horas, mes y medio. Los monitores mostraban por fin evidencias de malfuncionamiento neurológico. Podría llamarlo locura felina en su informe mensual.

La mayor parte de los animales no mostraba ahora interés alguno en la comida ni en el sexo. Un puñado de ellos se habían vuelto fieros y atacaba a todo el que se le acercaba. Pero todos permanecían aún vivos. Eso era un progreso. Su último experimento fracasó cuando había transcurrido menos de la mitad de ese tiempo.

Cada sección del edificio contenía jaulas con temperatura controlada. En la siguiente zona llegó a las salas donde se encontraban los roedores y marsupiales hibernados. Caminó lentamente ante cada una de las jaulas, con la atención dividida entre los animales y sus pensamientos en torno a la inminente reunión.

Las marmotas y las ardillas estaban junto a los jerbos mutados. ¿Quién era el encargado? Aston Naugle, si no se equivocaba. No era tan organizado como Wolfgang Gibbs, ni tan trabajador, pero al menos no le provocaba escalofríos.



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