
– Bueno, ya las vi ayer. Ahora voy, es que me he despertado hace un momento.
– Pues su tía ha preguntado y le he dicho que ya estaba levantada. No vaya a ser que se enfade como el otro día.
– Gracias, Candela, ¿qué hora es?
– Ya han dado las nueve y cuarto.
– Ya me levanto.
Descalza se desperezó junto al balcón. Había cesado la música y se oía el tropel de chiquillos que se desbandaban jubilosamente, escapando delante de las máscaras. Natalia levantó un poco el visillo. A los gigantes se les enredaban los faldones al correr. Perseguían a los niños agarrándose la sonriente cabe-zota para que no se les torciese, y con la otra mano empuñaban un garrote. Las manos era lo que daba más miedo, arrugadas, pequeñitas, como de simio disecado, contra los colores violentos de la cara. El tamboril volvió a tocar mientras se alejaban. Hacia la calle del Sol se dirigían; por donde la riada de niños los iba desviando, en torpes esguinces, de una acera a otra. Detrás, los hombrecitos de la música: uno le daba al tambor y otros se agachaban a recoger perras y pesetas dentro de la boina. Natalia vio venir entre el baru-llo, sorteando chavales, a Mercedes y Julia con otra chica de beige. Se separó del cristal y se puso a vestirse.
– ¡Bruto! -le gritó Mercedes a un niño que iba haciendo estallar fulminantes.
– ¿Qué te ha hecho? -preguntó la de beige volviendo la cabeza. Y vio al niño que escapaba haciendo de avión. mientras Mercedes se miraba la media junto al calcañal.
– Un bestia. Me ha tirado un petardo de ésos. Igual me ha hecho carrera.
– A ver. Carrera no parece. No la dejan a una ni andar. Dichosas gigantillas.
Alcanzaron a Julia, que había seguido andando despacio, y cruzaron la calle las tres juntas. El runrún del tamboril se alejaba con las risas de los niños. La amiga dijo:
– Pues oye, ¿sabes tú quién me ha parecido una chica que venía de comulgar?
– ¿Quién? No sé.
