– Goyita.

– Me choca. Lo sabríamos -dijo Mercedes.

– Pueden haber llegado anoche.

– Claro que sí que sería ella -intervino Julia-. ¿Por qué no van a haber llegado? ¿Porque no lo sepas tú? No sé por qué lo tienes que saber todo tú.

La calle era fea y larga como un pasillo. Empezaban a levantarse las trampas metálicas de algunos escaparates y se descubrían al otro lado del cristal objetos polvorientos y amontonados. El dueño de la pañería había salido a la puerta y estaba inmóvil con dos dedos en el chaleco mirando al chico que allí delante, bajo su vigilancia, sacudía en la luz una pieza de tela. Cuando tocaron la acera, las saludó sin moverse con un gesto del mentón. Ellas se venían quitando las rebecas.

– Buenos días, don José.

– Mujer, pues debíamos haber esperado a la salida por si acaso era ella. ¿Como no te fijaste seguro?

– Es que vi cuando se metía en su banco, y luego me la tapaba el púlpito casi del todo.

Llegaron al portal. Se pararon y la amiga bostezó.

– Me he levantado yo hoy con un dolor de cabeza. -Hizo un ademán de irse-. Bueno, chicas…

– Hija, qué prisa tienes.

– Claro; vosotras, como ya habéis llegado a casita…

Mercedes dobló la mantilla y le clavó en la mitad una horquilla dorada. Dijo:

– Súbete a desayunar con nosotras.

– No, no, que ya os conozco y me entretenéis mucho.

– Bueno, y qué tienes que hacer. Que suba, ¿verdad, Julia?

– Claro.

– No, de verdad, me voy, que hoy dijo mi madre que iba a hacer las galletas de limón y la tengo que ayudar.

– Pues vaya cosa, llamamos a tu madre, total no te retrasas más que un ratito. Ni que fuera tanto lo que tiene que hacer.

– Que no, anda, que no empieces. ¿Vais a ir luego por casa de Elvira?

Mercedes se salió del portal y la cogió por un brazo. Se puso a tirar hacia dentro y la otra se deba-tía riendo a pequeños chilliditos.



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