Pero en aquel lugar, en la fisura y a poca distancia de la cumbre, las rocas eran de piedra caliza y provenían de un período en el que la cordillera más alta del mundo era el fondo del poco profundo mar Tetis. Estos sedimentos del Paleoceno se habían levantado casi veinte kilómetros desde el principio de la formación de las montañas del Himalaya, que se produjo hace aproximadamente cincuenta y cinco millones de años. Jack había oído decir que había partes de la cordillera que seguían levantándose a razón de casi un centímetro por año. El Everest que él y Didier habían conquistado sin oxígeno era casi medio metro más alto que el que escalaron sir Edmund Hillary y el sherpa Tensing en 1953.

La cuesta del túnel iba nivelándose y el techo se iba haciendo cada vez más alto, de modo que ya podía andar de pie. Gracias a la luz potente de la linterna, Jack descubrió que se hallaba en una caverna enorme y, al ver que el haz de la Maglite no llegaba a iluminar el techo, estimó que debía de medir como mínimo treinta metros de altura.

Lanzó un grito y oyó cómo su propia voz rebotaba en los muros y el techo invisibles, y el eco, que resonó fuerte y prolongadamente porque la cámara era fría y oscura hasta dar pavor, le heló la sangre en las venas. Al percibir aquel sonido tuvo la impresión de hallarse no en una caverna bajo el Machhapuchhare Himal sino bajo la bóveda de una catedral gótica altísima, en ruinas y olvidada, la morada secreta de un malvado rey de la montaña. Un silencio sepulcral llenaba aquella bóveda, una construcción arquitectónica destinada a elevar al cielo, a las alturas que son la mansión de Dios, las alabanzas y las plegarias humanas.

¿Cuánto tiempo había perdurado aquel silencio antes de que él lo profanara con su presencia? ¿Era él el primer ser humano que pisaba aquella caverna desde que terminó de formarse la cordillera del Himalaya un millón y medio de años atrás?



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